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HEXAGRAMA EDITORES
Es una editorial conformada por un equipo interdisciplinario de larga trayectoria y un stock de publicaciones de impacto en el mundo editorial.
​Actualmente suma alrededor de 150 obras entre libros de lujo, rústicos y colecciones, así como un amplio fondo de publicaciones universitarias y académicas, de las cuales un premio nacional, dos reconocimientos a la calidad y varios best seller por ventas durante 17 años consecutivos. Cuenta con 15 años de trabajo periodístico en los medios más relevantes de Colombia y gran despliegue de ventas tanto de sus libros como de revistas en España y América Latina.
​
Equipo estructural de Hexagrama Editores: 

​BERNARDA RODRÍGUEZ
Comunicadora social: autora de temas sobre infancia y adolescencia, editora de textos, gestora de producto editorial virtual e impreso.

  • CLAUDIA ACUÑA
  • Diseñadora gráfica: creativa de concepto gráfico, diagramadora, gestora de imagen corporativa y publicitaria, ilustradora.
  • ​
  • ANDRÉS LONDOÑO
  • Filósofo: autor de ensayos y reseñas literarias, editor de textos académicos, investigador en áreas de humanidades, artes y ciencias sociales, corrector de estilo, traductor de inglés y francés.

May 02nd, 2018

2/5/2018

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El observador y la obra:
A LAS SELVAS DE TU TIEMPO
Por Bernarda Rodríguez Betancur

Intenté esbozar una opinión sobre la obra ante mis ojos, pero no obtuve palabras, para fortuna mía, ya que mi decepción habría sido inapelable de haberlas logrado porque la habrían ellas reducido, en mi miopía sobre la magnificencia del ser cuando está completo, a postulados prontos en cualquier diccionario, mismo en el que entren todas las cosas limitadas, predefinidas, sin vuelo ni opción, cercenado su ruego de emancipación del inventario racional, mórbido cáncer del creador que crea con la totalidad de lo que es. Así las cosas, no hallé dable pretender el sometimiento de la obra al zócalo de mi nimiedad como individuo.
En cambio, sobre el artista dentro de la obra ante mis ojos, puedo contar que tuve la osadía de amarlo sin conocerlo, quizás más bien, amarlo mientras lo conocía, aunque no lo consiguiera en miríadas, mejor si no, misión aberrante en todo caso, la de conocerlo, aunque añado sacando de un legado indígena la sentencia: “Sólo es amigo el que sabe de dónde venimos”. Entonces, sucedió…
Vi, desde lo que posiblemente fuera una brizna de naturaleza ancestral humana, en un soplo, un hálito, un acuerdo… una secuencia… al artista pendiendo complacido del infinito mismo.
Vi, en nanosegundos que se le escapan a la razón, por tratarse de un tiempo tan etéreo, y por lo mismo sólo existente en los laberintos que rigen el reino de la percepción, esa dimensión del ser en la que el humano hace gala de su complejidad íntegra, sin tiempo, sin espacio… vi al artista en su trayectoria eterna.
Vi, que era yo quien pintaba con la mano de ese artista que no era yo, a través de un tiempo entero, completo, no racional… Dibujaba en la inexistencia de un espacio. Pintaba fuera de los linderos de la razón y de su menoscabado inventario.
Pero lo que aconteció sumergida allí, no como espectadora del arte ante mis ojos, sino como parte integral y partícipe, fue que tuve el privilegio de fundirme con el artista, tal como lo previó el sueño. Me uní en fracción de instante a su intento guerrero de ser digno de presenciar el maravilloso tiempo por el que cruza el planeta y el destino de la humanidad, y yo, y él, y los árboles de su tiempo, y nuestros hijos, y el honor de acompañarlos en un tránsito sin precedentes para el humano.
Y en ese concierto de fugaz conciencia, vi. ‘Te veo’. Como se ven los navi en Pandora. Vi las pasiones del artista, los amores, los alimentos más sensuales disfrutados a lo largo de su vida y eternidad, los saberes del alma, sus caminos con corazón, vi a su padre, amé a su hijo… vi al árbol que lleva dentro.
Discurrí a través, no de este tiempo de coyuntura corporal, sino a lo largo de la suma de tiempos que lo componen a él. Al artista. Y en esa paradoja del infinito yo entré. Sentí el propósito instalado en la atemporalidad de cada herramienta puesta por sí misma en la mano del artista. La eternidad y el reto en ese tiempo particular de esa herramienta puntual. Tienen ellas su propio intento inexorable en la existencia, también proceden del vientre común a todos.
Me así como si me compusiera, me fuera inherente, al propósito del artista en la ejecución de la obra, desde antes de que la sola y primigenia acción fuera decisión, hasta que ha llegado directo al corazón del otro; el otro como otro y tan igual en lo más recóndito de cada esencia. Iguales el artista y el espectador cuando ambos aman la misma obra.   
La grandeza de mi experiencia, regalo de otras esferas, reside en la concesión de ser aunque durante tan efímero momento, la totalidad del artista. Testificando, como huésped de un rey, las múltiples realidades del artista antes y mientras es aplaudida su creación por la conciencia del universo, aun sin que él lo haya sabido alguna vez. Y tiene razón el infinito en celebrar, sólo en tres ocasiones aplaude, y una de ellas es cuando emergen de la Tierra avisos que llaman la atención de la conciencia del todo porque anuncian que un artista está alineado con la omnipresente geometría sagrada, diríase en los dominios dogmáticos, con el del nombre innombrable. Se ha unificado a la voluntad estoica y sin afán del cosmos.
Comprendí, estando dentro de su tiempo, como Alicia en el agujero del potencial humano, que sólo en conexión con la unicidad del ser ancestral que somos, podrían los caballos de este artista estar traslapando el tiempo como los vi hacerlo, burlar la razón, experimentar sin anclajes las dimensiones que coexisten a roce con la del ser humano actual, y en el acto mismo, visitar a galope perenne en éxtasis de libertad, las ventanas a planos de líneas también atemporales, otros mundos que hablan de hombres de conocimiento. Antiguos ellos. Todo… en un tiempo solo, como exquisitas…, austeras…, sobrias monodias eternas.
Mi prerrogativa, la del invitado más reverenciado, fue deambular por la experiencia intrínseca del artista, aquellos mundos en líneas cuánticas, las del artista y las de la obra, que son las mismas si arañan el alma. Y cuando eso tiene lugar, el cosmos se regocija por el artista, porque son ellos quienes intuyen y apropian la totalidad mientras se sucede la creación de su obra, por tanto son los voceros de la conciencia cósmica, del águila tolteca, del sabio maya, del nagual de marras, de la serpiente emplumada… de los alaridos orgásmicos de la Tierra, panza que a todos nos albergó.
Fue allí, en ese irrevocable silencio interno, que vi al artista en su propio silencio cósmico. Su arte, pensé, es como las plumas de oca que se desprenden en el vuelo y que son usadas sólo en las danzas antiguas chinas más sagradas. Su arte, me dije, es un guerrero impecable con la misión expresa de recordar a la nueva humanidad la conexión con el principio humano, cuando éramos completos, unificadas nuestras mentes, único cada uno en el insondable poder que dormita en el inconsciente a causa de la razón anquilosada y enlutada por siempre, como es ella, igualita a Nacha Guevara en Eliseo Subiela. Su arte, me estremecí, es un sendero milenario destinado a fundirse en lucidez plena con lo inconmensurable cuando el misterio lento pero seguro del ulular cósmico envuelva a la raza humana en el toldo de la gran conciencia. Guerreros cada cuadro, que por su integridad se aunarán al infinito a sabiendas de tan portentosa hazaña, ahora que son, y cuando su tiempo haya acabado para el nuevo comenzar sin pausa. Proeza y prodigio.

Artista, lo aprendido en la mutualidad es lo que nos funde, no el arrogante agente cotidiano de la importancia personal y de los dogmas, elección humana que nos enterró en milenios de oscurantismo, y que no obstante puede ser vencido.

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    BERNARDA RODRÍGUEZ
    Comunicadora social: autora de temas sobre infancia y adolescencia, editora de textos, gestora de producto editorial virtual e impreso.

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    May 2018

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