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HEXAGRAMA EDITORES
Es una editorial conformada por un equipo interdisciplinario de larga trayectoria y un stock de publicaciones de impacto en el mundo editorial.
​Actualmente suma alrededor de 150 obras entre libros de lujo, rústicos y colecciones, así como un amplio fondo de publicaciones universitarias y académicas, de las cuales un premio nacional, dos reconocimientos a la calidad y varios best seller por ventas durante 17 años consecutivos. Cuenta con 15 años de trabajo periodístico en los medios más relevantes de Colombia y gran despliegue de ventas tanto de sus libros como de revistas en España y América Latina.
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Equipo estructural de Hexagrama Editores: 

​BERNARDA RODRÍGUEZ
Comunicadora social: autora de temas sobre infancia y adolescencia, editora de textos, gestora de producto editorial virtual e impreso.

  • CLAUDIA ACUÑA
  • Diseñadora gráfica: creativa de concepto gráfico, diagramadora, gestora de imagen corporativa y publicitaria, ilustradora.
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  • ANDRÉS LONDOÑO
  • Filósofo: autor de ensayos y reseñas literarias, editor de textos académicos, investigador en áreas de humanidades, artes y ciencias sociales, corrector de estilo, traductor de inglés y francés.
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Con un prólogo de Carlos Vives que exalta la historia y belleza de Santa Marta, Ediciones Gamma presenta esta magnífica obra que a lo largo de 216 páginas, se despliega para mostrar a sus lectores una ciudad privilegiada por sus riquezas naturales, por la calidez de las mansas y reposadas playas del Parque Natural Nacional Tayrona y por el ambiente de trópico ardiente que posibilita el descanso y a su vez invita a la reflexión.

Esta obra es un abanico de propuestas turísticas para el viajero que desea conocer el pasado que deambula por las calles de su Centro Histórico, con obras del esplendor arquitectónico de la Quinta de San Pedro Alejandrino, reencontrarse con la naturaleza y escrutar el pasado aborigen de Ciudad Perdida, una de las principales riquezas de la cultura samaria.

Cada fotografía es un retrato de la ciudad y de las caras amables de sus gentes. Mar, playas, montañas, fauna, flora y toda la gama de amoblamiento urbano se despliegan con el único fin de mostrar el apogeo ecoturístico de una ciudad que crece a pasos agigantados.

CONTENIDO
Prólogo; Sierra Nevada de Santa Marta; Santa Marta; Turismo; El puerto; Biodiversidad; Traducción.


Prólogo
LA TIERRA DEL RECUERDO

Por Carlos Vives
El Diccionario de la Real Academia da la siguiente definición: “samario (ria): Adj. Natural de Santa Marta, ciudad de Colombia”. ¿Eso es todo? No sé si es que mi diccionario es un poco viejo (1952), o simplemente que los tiempos han cambiado, pero me gustaría complementar, o mejor, actualizar dicha definición. Yo agregaría: “llámase también samario todo aquel que ama a Santa Marta y que trabaja por ella”. Con esto quiero decir que no basta con nacer en Santa Marta para ser samario, y que a través de la vida he conocido a muchos que han sido samarios sin haber nacido aquí, y que han merecido el máximo galardón, y título otorgado por el sentir popular, de “más samario que El Morro”.

Para quienes no lo conocen, El Morro es un islote de piedra que durante siglos fue parte fundamental de la defensa de la ciudad, y que ha sido testigo mudo de su historia: conoció muy de cerca a Francis Drake, a su compañero John Hawkins, al corsario inglés conde de Leste, al capitán Vernón y a Henry Morgan, para sólo mencionar a algunos de los piratas más famosos que surcaron la bahía de Santa Marta. Hoy día, El Morro está coronado por un faro que recibe a los barcos en la bahía de calado natural más tranquila y hermosa de América. Y digo esto porque Santa Marta es una ciudad que enamora, y cuando se descubre, se ama, y este amor es el mejor motor del trabajo samario. Ahí están, como ejemplo, los cientos de páginas de archivos, narraciones y crónicas de viajeros como Antonio Julián Arriaga (1786), John Potter Hamilton (1823), Elisée Reclus (1855), Gerardo y Alicia Reichel-Dolmatoff (1940), Richard Evans Schultes (1942) y Wade Davis (1971), entre otros. Gracias también a cronistas locales como Arturo Bermúdez y Ospino Valiente, muchos de los eventos que no vivimos, hoy regresan a nuestra memoria histórica y confirman mis palabras y mis vivencias.

Yo soy samario nacido aquí, y aspiro a graduarme de samario completo. He sido testigo de excepción, pues desde muy niño vi llegar a mi tierra gente de las provincias cercanas y de lugares remotos, y vi cómo se rendían ante la exuberancia de su belleza natural, y cómo también caían seducidos por lo que yo considero nuestra mayor riqueza: la diversidad, alegría y generosidad de nuestro pueblo.

Permítanme referirme primero a los provincianos, a ese otro sueño que se llamó el Magdalena Grande y que trajo a Santa Marta, su capital, gente de las diferentes provincias, profesionales en todos los campos y personas maravillosas que hicieron crecer nuestra ciudad y enriquecieron su espíritu; amigos y parientes que siempre creí samarios, y que con el tiempo descubrí que venían de poblaciones cercanas como Riohacha, Valledupar, San Juan del Cesar, Villanueva, Maicao, El Banco, Pivijay, Aracataca. La belleza de Santa Marta atrajo asimismo a familias de Antioquia y de los Santanderes, que se vincularon muy pronto al desarrollo de la región. También supe de familias que llegaron de diferentes lugares del mundo y unieron su destino al de esta tierra; familias alemanas, norteamericanas, francesas e italianas. Conocí jugadores de fútbol brasileños, argentinos, paraguayos; y supe de algunos checos que, para quedarse en Santa Marta, se enlistaron en el equipo local, tuvieron familia, negocios, y se vincularon a nuestra sociedad.

Hoy día, quienes nos sentimos samarios no sólo amamos a Santa Marta por sus virtudes, sino que también queremos resarcir el daño que durante tanto tiempo le hemos causado a La Perla de la América, primera fundación de la Tierra Firme, puerta del descubrimiento del reino del Perú, hermana mayor de Cartagena y semilla de la Nueva Granada. Su fundador, Bastidas, no sólo fue el andaluz que hizo posible que yo existiera y cantara vallenatos, que mi tía Helenita fuera a misa de abanico, mantilla y rosario, y que mis primas tocaran las palmitas cada vez que alguien cantaba una tonada alegre: también fue responsable del sueño de que en la ciudad recién nacida los pueblos de América y Europa pudieran vivir en paz, ideal que el natural de Triana y primer samario pagó con su vida. Con su muerte, los Tayronas entendieron que ya nada sería posible en el paraíso, y comenzaron setenta años, con sus días y sus noches, de salvajes luchas entre los nativos americanos, en desventaja tecnológica, y las temerarias avanzadas europeas, ávidas de nuevas fuentes de riqueza.

Y desde entonces, hemos hecho muy poco para cambiar el rumbo del destino con el que, desde muy temprano, signamos a la Santa Marta. El asedio de los piratas, la corrupción administrativa y la guerra contra los Tayronas hicieron que España la abandonara, y concentrara todo su poder en la amurallada ciudad de Cartagena, dejando a la de Dios a la ‘Castilla del Oro’. Recordemos las palabras del padre Antonio Julián Arriaga en 1786, quien ya se daba cuenta del olvido al que se estaba condenando a la región: “No entiendo del abandono por parte de España de la provincia de Santa Marta, región muy rica y de muchas cualidades que, por más rica y hermosa, se mantendrá oculta si no se rasga el velo de ignorancia que la encubre”.
La Sierra Nevada de Santa Marta, la elevación costera más grande del mundo, calificada por la Unesco como ‘reserva de la biosfera’, es una enorme fábrica de agua de la que, desde sus picos nevados, a 5.890 metros sobre el nivel del mar, y por sus tres costados fluye el precioso líquido, formando los fértiles valles del Cesar y La Guajira, llenando la no menos amenazada Ciénaga Grande, que a través de sus caños se comunica con el río grande de La Magdalena, y formando frente al litoral las más hermosas ensenadas y playas, con su intrincado sistema de brazos montañosos que se sumergen en las cristalinas aguas del mar Caribe. Este complejísimo y maravilloso territorio fue habitado y protegido durante miles de años por los Tayronas, confederación de pueblos libres y, sin temor a equivocarme, los más brillantes artistas que haya conocido el arte de la orfebrería (tayro = fragua). Hoy sus descendientes, obligados a vivir en las tierras más altas y menos productivas, luchan en paz para recuperar sus lugares sagrados y retomar su destino: el de ser los guardianes naturales de la gran montaña para beneficio de la humanidad.

Para mí, hoy, es claro que tenemos en nuestras manos uno de los lugares más diversos y maravillosos del mundo, y que, aunque los samarios somos ricos en tierra para la industria y la explotación agrícola y ganadera, nuestra vocación más hermosa, en donde podemos llegar a ser una real potencia, es el turismo.

Por ejemplo, hoy me ha quedado claro, al navegar por la ensenada de Bastidas, que la bahía más linda de América no puede ser un puerto para la exportación de carbón: la región cuenta con varias alternativas. Para mí, está claro que semilleros como el barrio Pescaito, que le han dado tantas estrellas de fútbol a la selección Colombia y felicidad a todos (Carlos y Alfredo Arango, Didi Valderrama, Carlos ‘El Pibe’ Valderrama, Óscar Bolaños, Pescaito Calero, entre otros), no pueden permanecer en el abandono y olvido en el que se encuentran. Hoy veo en los samarios, en sus intelectuales y en sus centros de estudio, en su clase política, el renacer de una conciencia que busca enmendar sus errores con soluciones que nos pongan al día con los tiempos. Pero también tengo claro que sólo lo lograremos si nos unimos todos, samarios nacidos aquí y no nacidos aquí, para saldar las diferencias, y superar el egoísmo y la intolerancia.

Por eso, desde hace algunos años, conmemoramos el cumpleaños de la ciudad con una obra de teatro escrita a cuatro manos con el médico psiquiatra y amigo Carlos Dávila, quien construyó tres carabelas de la época donde, vestidos a la usanza de españoles y Tayronas, recordamos la fundación de la ciudad y el sueño de Bastidas. Justamente anoche, cuando los samarios veíamos cruzar la carabela de Bastidas por el atrio de la Catedral, se llenaba mi corazón de esperanza con las palabras del vicepresidente de la República, Francisco Santos, quien en su emoción y en su afán de motivar a los miles de samarios congregados allí, gritaba: “es el tiempo de Santa Marta, es el tiempo de Santa Marta, ¡la ciudad está despegando!”.
Bahía de Gaira, Santa Marta


Quinta de San Pedro Alejandrino
Situada al pie de las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, la Quinta de San Pedro Alejandrino es una de las edificaciones más representativas que tiene la ciudad de Santa Marta.

Símbolo del poder económico de los años comprendidos entre los siglos XVII al XIX, la Quinta de San Pedro Alejandrino concentró la mayor mano de obra esclava que le permitió convertirse en uno de los principales ingenios paneleros de la Costa Atlántica.

Cuando Bolívar llegó a habitarla había perdido mucho de su apogeo, y si bien es cierto que los cultivos de caña de azúcar se intensificaron, su imponencia y belleza arquitectónica sería lo que perduraría para sumarse a la relevancia histórica, social, política y educativa que tiene en el momento.

Lo que durante la época colonial era una hacienda de corte latifundista y la casa donde el libertador Simón Bolívar murió, es hoy una de las muestras arquitectónicas coloniales y republicanas más apreciadas por los amantes del estilo y la estética.
Las edificaciones que posee la Quinta guardan una notable diferencia. Por ejemplo, el conjunto de construcciones modernas con estilo republicano en la Quinta (como el Altar de la Patria y La Plaza de Banderas), se caracterizan por estar pintadas de color blanco para así ser diferenciadas de las de color amarillo ocre, que testimonian a las de estilo colonial; una muestra de estas últimas, como lo son el trapiche, la bagacera y la destilería, hacen parte de la colección histórica que poseía un sentido estrictamente laboral.

Construido hace más de 400 años, el trapiche, es una de las obras más singulares de la hacienda al destacarse por sus techos prensados de forma cónica y de madera fuerte que pesan alrededor de cuatro toneladas, sus arquetipos andaluces, sus tejas moriscas (árabes y españolas) y sus paredes sólidas de gruesos muros de contención en forma de triángulo y bases piramidales que le permiten ser una construcción antisísmica.

La destilería también presenta un techo en forma cónica hecho a base de materiales como la cal, el canto (mezcla de agua y arena) y el adobe cocido. En este caso puede hablarse de un estilo románico representado en sus ventanas rectangulares utilizadas para el proceso de ventilación, con chimeneas y tejas moriscas que la complementan.

Otra es la bagacera, una obra compuesta de paredes de adobe cocido pegado con cal y canto. La bagacera poseía unas habitaciones pequeñas o tambos donde habitaban los esclavos que en ella trabajaban.

Hoy día esta casa es administrada por la Fundación Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo que la mantiene como una muestra representativa del pasado de la ciudad.

Parque Nacional Natural Tayrona
Asentamiento de culturas indígenas que armonizan con la abundante fauna compuesta de aves y mamíferos, con el calor de sol que ilumina y exalta los colores de la espesura y las especies que lo habitan, con los olores de su prolífica vegetación y los lamentos de un mar melancólico o enfurecido.

Tayrona es el nombre indígena de un territorio habitado también por pescadores que se solazan en medio de la tranquilidad con que se vive, se departe y goza bajo una temperatura que oscila entre los 22º y 27ºC.

El Parque es una muestra de edificaciones arqueológicas con una serie de caminos empedrados y escalonados en varias direcciones hacia los lugares donde se asientan las viviendas de forma circular y los numerosos aterrazamientos.

Tres mil hectáreas de faja marina y 12.000 hectáreas de verde es la extensión que se eleva a una exuberante reserva natural rica en flora y fauna como lo es el Parque Natural Tayrona. Suma de montañas y bosques que se extienden hasta la Sierra Nevada de Santa Marta en medio de la brisa que viene del mar y la estela de niebla que en algunas oportunidades cubre su territorio como un manto mágico que exalta su belleza.

El Parque Nacional Tayrona es una zona eco-ambiental con una vegetación que aunque sometida al influjo de unas condiciones ecológicas especiales (particularmente por la presencia de diversas precipitaciones pluviales en distintos sectores), invita a la dispersión del espíritu y motiva al visitante a convertirse en un andariego y escalador de sus corpulentas y rocosas montañas; las mismas surgen de los ríos que penetran por caminos naturales para llegar a reposar en las aguas del mar formando las bahías de agua azul entre las que se destacan la incitante Taganga, Cañaveral, Chengue, Gairaca, la Concha, Cinto y Neguanje.

Ciudad Perdida
Ciudad Perdida o Parque Nacional Arqueológico Teyuna fue un centro regional de vital importancia tanto social como económica del pueblo Kogi por hallarse situada en clima medio que favorecía sus actividades, especialmente las ceremoniales que realizaban, y aún realizan en pequeños recintos donde se reúnen cada cierto tiempo de acuerdo con el calendario agrícola que manejan.

Ubicada en la vertiente norte de la Sierra Nevada de Santa Marta, a 80 kilómetros de Santa Marta, capital del departamento del Magdalena, hace parte del resguardo indígena Kogi-Arsario y a la vez del Parque Nacional Natural Sierra Nevada de Santa Marta.

Cuenta con cerca de 200 terrazas (no todas despejadas ni excavadas), que varían de tamaño dependiendo del uso y la localización; una cadena de canales, caminos, escaleras, y desagües hechos de piedra que se entretejen con amplias zonas de vegetación. Las terrazas se encuentran escalonadas siguiendo el eje de la cuchilla de los cerros para formar lo que se ha llamado el eje central que concentra los centros religiosos y políticos; de este eje se desprenden otras obras arquitectónicas que corresponden a terrazas de tipo habitacional, diferentes unas de otras por la calidad del trabajo en piedra y el tamaño de sus vías de acceso.

Hoy día es una zona protegida, donde el turista puede encontrar los vestigios del asentamiento indígena a un lado de río Buritaca. Por ser una región quebrada su acceso a ella dura varios días. El viajero puede visitarla a pie tomando aproximadamente una semana entre la ida y el regreso, pero para entrar en ella se necesita un permiso especial del Ministerio del Medio Ambiente y del Instituto de Investigaciones Antropológicas.

Hay excursiones programadas desde Santa Marta por empresas dedicadas al turismo, pero aún así requieren los mismos trámites.

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