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Es una editorial conformada por un equipo interdisciplinario de larga trayectoria y un stock de publicaciones de impacto en el mundo editorial.
​Actualmente suma alrededor de 150 obras entre libros de lujo, rústicos y colecciones, así como un amplio fondo de publicaciones universitarias y académicas, de las cuales un premio nacional, dos reconocimientos a la calidad y varios best seller por ventas durante 17 años consecutivos. Cuenta con 15 años de trabajo periodístico en los medios más relevantes de Colombia y gran despliegue de ventas tanto de sus libros como de revistas en España y América Latina.
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  • Diseñadora gráfica: creativa de concepto gráfico, diagramadora, gestora de imagen corporativa y publicitaria, ilustradora.
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June 01st, 2018

1/6/2018

1 Comment

 

 La biblioteca borgiana

EL OTRO UNIVERSO
Por Andrés Londoño


Nuestras nadas poco difieren, es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios, y yo su redactor (*).

Una cosa entre las cosas

Como los tigres, los espejos y los laberintos, las bibliotecas y los libros son imágenes recurrentes y arquetípicas en la literatura de Borges, cosa que puede fácilmente conectarse con los hechos de su vida: fue bibliotecario, profesor, conferencista, fundador y colaborador de revistas y editoriales, escritor tenaz y amigo de escritores, que acumuló obras parejamente con los años. Retrocediendo al principio, se observa que nació y se educó en una familia de ambiente marcadamente intelectual y libresco. En una obra de juventud, disculpándose por atreverse a escribir sobre temas de los que sólo puede confesarse principiante, como la vida del bajo mundo y los arrabales, admite:
Lo cierto es que me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses (1).

La Biblioteca Nacional de Argentina, de la que fue primero visitante asiduo y después director, y su propia biblioteca que, según cuentan sus biógrafos, Borges acrecentó codiciosamente con los años, no fueron para él más que simples prolongaciones o ampliaciones de la biblioteca paterna. Casi cincuenta años después, Borges insiste en ratificarlo: Como ciertas ciudades, como ciertas personas, una parte muy grata de mi destino fueron los libros. ¿Me será permitido repetir que la biblioteca de mi padre ha sido el hecho capital de mi vida? La verdad es que nunca he salido de ella, como no salió nunca de la suya Alonso Quijano (2)
.  
__________
(*) 
Fervor de Buenos Aires, 1923, «A quien leyere», epígrafe inicial, OC [Obras completas] I, Buenos Aires, Emecé, 1974, p. 15.
(1) Evaristo Carriego, 1930, Prólogo, OC I, 101.

Puede decirse que Alonso Quijano no salió de su biblioteca si se considera que, cuando emprendió sus correrías, sus ojos obstinadamente siguieron viendo lo que describían con tanto detalle los libros que había leído en ella. De otra manera, Borges llegó también a sustituir el mundo por la biblioteca, pero lenta aunque inexorablemente fue quedándose ciego, circunstancia que significó un contundente aunque quizá no insuperable obstáculo para su insaciable hábito de lectura, a la vez que hizo a su destino equiparable al de poetas como Homero y Milton. Su condición trágica de bibliófilo ciego, director de una biblioteca con preciosos e ilimitados volúmenes disponibles para su lectura, pero que ya no puede acariciar con su mirada, es evocada por Borges en su recordado «Poema de los dones» (3) .
Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía me dio los libros y la noche. De esta ciudad de libros hizo dueños a unos ojos sin luz, que sólo pueden leer en las vastas bibliotecas de los sueños los insensatos párrafos que ceden las albas a su afán. En vano el día les prodiga sus libros infinitos, arduos como los arduos manuscritos que perecieron en Alejandría. De hambre y de sed (narra una historia griega) muere un rey entre fuentes y jardines; yo fatigo sin rumbo los confines de esta vasta y honda biblioteca ciega. Enciclopedias, atlas, el Oriente y el Occidente, siglos, dinastías, símbolos, cosmos y cosmogonías brindan los muros, pero inútilmente. Lento en ni sombra, la penumbra hueca exploro con el báculo indeciso, yo que me figuraba el Paraíso bajo la forma de una biblioteca.
__________
(2)
Historia de la noche, 1977, Epílogo, OC III, 202.
(3) El hacedor, 1960, «Poema de los dones», OC I, 809.

La biblioteca es, aquí, una prefiguración del Paraíso; más adelante veremos cómo puede serlo también del Infierno, y cómo es, en fin, una suerte de desdoblamiento del mundo que termina por sustituirlo. De la posición esencial que ocupaban los libros en su vida, dice en otro lugar:
Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer y la música verbal de Inglaterra (4)
 .

La vida de Borges parece ser, en fin, el epítome de una vida cifrada en letras escritas, que, como veremos, son la negación del tiempo, de la personalidad y la creación. Es a un lector ejemplar, a un lector por excelencia como Borges, a quien hay que preguntarle en qué consiste la grandeza y el poder inherente a los libros, que hizo de ellos el eje insustituible y el componente más significativo de su vida. Entre las diversas ocasiones en que Borges dilucida la naturaleza del libro, recordemos aquí, en primer lugar, la definición general formulada en una conferencia:

De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz: luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de memoria y de la imaginación. […] Porque, ¿qué es nuestro pasado sino una serie de sueños? ¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado? Esa es la función que realiza el libro (5).
Unos versos nos evocan un libro particular, que puede ser cualquiera: Apenas una cosa entre las cosas pero también un arma. […] […] Encierra sonido y furia y noche y escarlata. […] Ese tumulto silencioso duerme en el ámbito de uno de los libros del tranquilo anaquel. Duerme y espera (6)
 .
__________

(4) El hacedor, 1960, Epílogo, OC I, 854.
(5) Borges, oral, 1979, «El libro», OC IV, 165.
(6) Historia de la noche, 1977, «Un libro», OC III 181.

La quietud de éste y de todo otro libro es sólo aparente; es una mera latencia que en cualquier momento puede dar paso al despertar. Y este despertar, esta realización del libro como libro, se produce en el momento en que encuentra a su lector.
Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica (7).

La lectura, el fenómeno que hace del libro ese objeto singular y valioso que es, que incluso lo dota de cierto carácter mágico, opera en el espíritu de quien la realiza una transformación, al permitirle apropiarse de ideas y experiencias distintas a las personales, y de esta manera ser otro y otros. El libro ensancha nuestra noción del mundo, permitiéndonos escapar, siquiera en forma provisional, de las esclavizantes coerciones e insistencias del aquí y el ahora. Por medio de la escritura, de los libros, de la lectura, nuestro espíritu se desplaza a través del tiempo, del espacio y del pensamiento, superando barreras infranqueables para nuestras limitadas individualidades físicas. Aun así, el libro no se agota con la lectura que de él hagamos una vez. Puede despertar innumerables veces, tantas como lectores encuentre (y cualquiera es, en cada ocasión, un nuevo lector), que harán cada uno su propia lectura, realizando así un libro siempre diferente.
[… ] un libro es más que una estructura verbal, o que una serie de estructuras verbales; es el diálogo que entabla con su lector y la entonación que impone a su voz y las cambiantes y durables imágenes que deja en su memoria. Ese diálogo es infinito
[…]. La literatura no es agotable, por la suficiente y simple razón de que un solo libro no lo es. El libro no es un ente incomunicado: es una relación, es un eje de innumerables relaciones. Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída […]
(8).

Como se verá, cada libro es un mundo que se despliega a su lector, y la biblioteca otro universo que sustituye al universo.

¿Quién le teme a una biblioteca?

Quizás ha sido la constatación del carácter mágico de la escritura y los libros lo que les ha traído a éstos tan enconados detractores. Ni Buda, ni Jesús, ni Sócrates pusieron por escrito sus doctrinas, lo que puede entenderse como un mudo gesto desaprobatorio, si consideramos que los días de sus vidas pertenecen a los de la escritura; por su parte, Platón le reprochaba a los libros el ser como estatuas, que permanecen mudas cuando se les pregunta algo. Más severos y restrictivos con escritura llegaron a ser algunos patriarcas de los primeros tiempos del cristianismo, quienes desaconsejaron categóricamente su enseñanza y práctica, en parte temerosos de que fuese usada para la propagación doctrinas diferentes de la sostenida por ellos, como las de los gnósticos, pero con más temor aun de que la verdad pudiese divulgarse para servir a propósitos impíos.
El maestro elige al discípulo, pero el libro no elige a sus lectores, que pueden ser malvados o estúpidos; este recelo platónico perdura en las palabras de Clemente de Alejandría, hombre de cultura pagana: “Lo más prudente es no escribir, sino aprender y enseñar de viva voz, porque lo escrito queda” (stromateis), y en éstas del mismo tratado: “Escribir en un libro todas las cosas es dejar una espada en manos de un niño” (9).
__________

(7) Biblioteca personal, 1988, Prólogo, OC iv, 449.
(8) Otras inquisiciones, 1952, «Nota sobre (hacia) Bernard Shaw», OC i, 747-8.
(9) Otras inquisiciones, 1952, «Del culto de los libros», OC i, 713.

Estos y otros recelos contra el libro, acaso no enteramente exentos de alguna justificación, han hecho que en ocasiones se haya buscado su exterminio masivo; quienes sucesivamente destruyeron la Biblioteca de Alejandría jamás dudaron de tener buenas y sobradas razones para hacerlo.
El fuego, en una de las comedias de Bernard Shaw, amenaza la biblioteca de Alejandría; alguien exclama que arderá la memoria de la humanidad, y César le dice: Déjala arder. Es una memoria llena de infamias (10) .

No ha habido quizá, sin embargo, una tentativa de destrucción de libros más sistemática y emblemática que la de Shih Huang Ti, primer emperador de la China, que también fue el iniciador del proyecto de construcción de la legendaria Gran Muralla:
Leí, días pasados, que el hombre que ordenó la casi infinita edificación de la muralla china fue aquel primer emperador, Shih Huang Ti, que asimismo dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él. […] Tres mil años de cronología tenían los chinos (y en esos años, el emperador amarillo y Chuang Tzu y Confucio y Lao Tzu) cuando Shih Huang Ti ordenó que la historia empezara con él. Shih Huang Ti, según los historiadores, prohibió que se mencionara la muerte y buscó el elixir de la inmortalidad y se recluyó en un palacio figurativo, que constaba de tantas habitaciones como hay días en el año; estos datos sugieren que la muralla en el espacio y el incendio en el tiempo fueron barreras mágicas destinadas a detener la muerte. […] Herbert Allen cuenta que quienes ocultaron libros fueron marcados con un hierro candente y condenados a construir, hasta el día de su muerte, la desaforada muralla. Esta noticia favorece o tolera otra interpretación. Acaso la muralla fue una metáfora, acaso Shih Huang Ti condenó a quienes adoraban el pasado a una empresa tan vasta como el pasado, tan torpe y tan inútil. […] Acaso Shih Huang Ti amuralló el imperio porque sabía que éste era deleznable y destruyó los libros por entender que eran libros sagrados, o sea, libros que enseñan lo que enseña el universo entero o la conciencia de cada hombre. Acaso el incendio de las bibliotecas y la edificación de la muralla son operaciones que de un modo secreto se anulan (11).

El poderoso emperador, en infructuosa lucha contra su propia muerte, arremetió contra los libros, porque en ellos perduraba un pasado que él no protagonizaba y del cual ni siquiera hacía parte. La quema de todos los libros equivale, sin duda, a la abolición de la historia. Por otra parte, significa también la pérdida irremediable de las adquisiciones de la memoria, que son el material básico de la imaginación. Destruir los libros es como erigir paredes alrededor del espíritu, negarle el acceso a otras experiencias posibles sobre las cuales proyectarse.
__________

(10) Otras inquisiciones, 1952, «Del culto de los libros», OC I, 713.
(11) Otras inquisiciones, 1952, «La muralla y los libros», OC I, 633-4.

Libros sagrados

Hasta ahora nos hemos limitado a considerar el carácter sagrado de todo libro; otra cosa es hablar del Libro Sagrado, o de los que han sido tenidos por tales.
Para los musulmanes, el “Alcorán” (también llamado El Libro, Al Kitab) no es una mera obra de Dios, como las almas de los hombres o el universo; es uno de los atributos de Dios como Su eternidad o Su ira. En el capítulo XIII, leemos que el texto original, La Madre del Libro, está depositado en el Cielo (12) .

Acaso sea más precisa la noción que tienen los cabalistas del Pentateuco, que para ellos es un texto absoluto producto de una mente absoluta:
El Tratado Sefer Yetsirah (Libro de la Formación), redactado en Siria o en Palestina hacia el siglo VI, revela que Jehová de los Ejércitos, Dios de Israel y Dios Todopoderoso, creó el universo mediante los números cardinales que van del uno al diez y las veintidós letras del alfabeto. El segundo párrafo del segundo capítulo reza: “Veintidós letras fundamentales: Dios las dibujó, las grabó, las combinó, las pesó, las permutó, y con ellas produjo todo lo que es y todo lo que será” (13).

El alfabeto hebreo es, así, anterior al mundo, ya que sirve como herramienta de su creación; además, el texto producto de la manipulación de dicho alfabeto por parte de la inteligencia del Creador habrá de ser rigurosamente fatal y necesario. En otro lugar leemos:
Imaginemos ahora esa inteligencia estelar, dedicada a manifestarse […] en voces escritas. Imaginemos […] que Dios dicta, palabra por palabra lo que se propone decir. Esa premisa (que fue la que asumieron los cabalistas) hace de la Escritura un texto absoluto, donde la colaboración del azar es calculable en cero. […] Un libro impenetrable a las contingencias, un mecanismo de infinitos propósitos, de variaciones infalibles, de revelaciones que acechan, de superposiciones de luz ¿cómo no interrogarlo hasta lo absurdo, hasta lo prolijo numérico, según hizo la cábala? (14) 
__________

(12) Otras inquisiciones, 1952, «Del culto de los libros», OC I, 715.
(13) 
Otras inquisiciones, 1952, «Del culto de los libros», OC I, 715.
(14)
Discusión, 1932, «Una vindicación de la cábala», OC I, 209.

Para los cabalistas, ningún esfuerzo basta en el momento de encontrarle significados e implicaciones de segundo, tercer y enésimo orden a los enunciados de la Palabra Divina. Suponen que hay en los textos bíblicos una escritura cifrada, criptográfica, que permanece velada para una lectura obvia, es decir, que entiende las palabras según sus significados evidentes y directos. Ensayan así diversas leyes para leerla de forma no obvia; por ejemplo, considerar cada letra del texto como la inicial de una palabra y leer esa palabra, y repetir el procedimiento con cada letra de cada palabra; dividir en dos el alfabeto: un grupo de la a a la m, y el otro de la n a la z, y establecer que las letras de arriba equivalen a las de abajo; atribuirle a cada letra un valor numérico, etc. Los resultados a que de este modo se llegue son sin duda dignos de atención, ya que tienen que haber sido previstos por la inteligencia infinita de Dios.

Para el cristianismo, por su parte, la Biblia, esto es, las Sagradas Escrituras, no son el único Libro atribuible a Dios: ya en el siglo XIII decía san Buenaventura que el universo entero no es más que un libro en el que se lee por doquier la Trinidad (15) . El libro gemelo o complementario de la Biblia es el mundo mismo, testimonio y efecto del poderío divino.
A principios del siglo XVIII, Francis Bacon declaró en su Advancement of Learning que Dios nos ofrecía dos libros, para que no incurriésemos en error: el primero; el volumen de las Escrituras, que revela Su voluntad; el segundo, el volumen de las criaturas, que revela Su poderío y que éste era la llave de aquél
(16) .

La afirmación de Bacon aludía a la posibilidad de determinar científicamente nuestro conocimiento del mundo a partir de formas esenciales (temperaturas, pesos, colores) que constituirían, en número limitado, un abecedarium naturae. Más explícito había sido Galileo Galilei:
La filosofía está escrita en aquel grandísimo libro que continuamente está abierto ante nuestros ojos (quiero decir, el universo), pero que no se entiende si antes no se estudia la lengua y se conocen los caracteres en que está escrito. La lengua de ese libro es matemática y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas”
(17).
__________

(15) Etienne Gilson, La filosofía en la Edad Media, 1952; Madrid, Gredos, 1965, p. 413.
(16) 
Otras inquisiciones, 1952, «Del culto de los libros», OC I, 715.
(17) 
Otras inquisiciones, 1952, «Del culto de los libros», OC I, 715.FFT

El hecho de considerar al mundo un libro complementario o alternativo, en el que no con menos claridad que en la Biblia se hallan consignados los designios divinos, no impide que ésta siga siendo para los cristianos un libro tan total como el de los cabalistas:
Orígenes atribuyó tres sentidos a las palabras de la Escritura: el histórico, el moral y el místico, correspondientes al alma, al cuerpo y al espíritu que integran el hombre; Juan Escoto Erígena, un infinito número de sentidos, como los tornasoles del plumaje de un pavo real 
(18).

Por otra parte, si bien es cierto que poca autoría se le puede reconocer a personajes como Salomón –presunto autor del Cantar de cantares, entre otros textos de la Biblia–, si suponemos que escribieron bajo los efectos de la inspiración divina, tampoco se considera que Dios Padre, ni mucho menos el Hijo, hayan tenido algo que ver con la producción de los textos bíblicos:

El concepto de la inspiración mecánica de la Biblia hace de evangelistas y profetas secretarios impersonales de Dios que escriben al dictado […]. Hay teólogos luteranos que no se arriesgan a englobar la Escritura entre las cosas creadas y la definen como una encarnación del Espíritu. Del Espíritu: ya nos está rozando un misterio. No la divinidad general, sino la hipóstasis tercera de la divinidad, fue quien dictó la Biblia. […] Si el Hijo es la reconciliación de Dios con el Mundo, el Espíritu –principio de la santificación, según Anastasio; ángel entre otros, para Macedonio– no consiente mejor definición que la de ser la intimidad de Dios con nosotros, su inmanencia en los pechos. […] Lo cierto es que la tercera ciega persona es el autor de las Escrituras. Gibbon, en aquel capítulo de su obra que trata del Islam, incluye un censo general de las publicaciones del Espíritu Santo, calculadas con cierta timidez en unas ciento y pico (19).

Si no restringimos los esfuerzos del Espíritu a un propósito religioso y los desligamos de sus funciones en el seno de la Santa Trinidad, quizá podríamos estar de acuerdo con Bernard Shaw cuando le preguntaron una vez si creía que el Espíritu Santo había escrito la Biblia, y él contestó:
Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu 
(20).
__________

(18) Discusión, 1932, «Una vindicación de la Cábala», OC I, 211.
(19) 
Discusión, 1932, «Una vindicación de la Cábala», OC I, 209-10-11.
(20) 
Borges, oral, 1979, «El libro», OC IV, 167.
 

Acaso es esta premisa la que da lugar a una fe no menos apasionada por la escritura, que es la de los cultores infatigables de la obra literaria.
Este concepto místico [del libro como fin, no como instrumento de un fin], trasladado a la literatura profana, daría los singulares destinos de Flaubert y de Mallarmé; de Henry James y de James Joyce (21).

De Mallarmé proviene la frase que resume la esencia de esta doctrina: el mundo existe para llegar a un libro. Acaso podríamos añadir: y ese libro está todavía por escribirse… Más fascinante, sin embargo, llega a parecerle a Borges la intuición de Leon Bloy, para quien el universo es un inextricable libro sagrado, del cual cada uno de nosotros hace parte, aunque todos ignoremos por completo la verdadera función que sin querer cumplimos en él.
Leon Bloy escribió: “No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero, su imperecedero Nombre en el registro de la Luz… La historia es un inmenso texto litúrgico, donde las iotas y los puntos no valen menos que los versículos o capítulos íntegros, pero la importancia de unos y de otros es indeterminable y está profundamente escondida” (L’âme de Napoléon, 1912). El mundo, según Mallarmé, existe para un libro; según Bloy, somos versículos o palabras o letras de un libro mágico, y ese libro incesante es la única cosa que hay en el mundo: es, mejor dicho, el mundo (22).

Ser todos y nadie

La misma idea expresada por Bernard Shaw en cita anterior, la encuentra Borges en otros autores o, como habría que llamarlos, “amanuenses de espíritu”:
“La historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como consumidor o productor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor”. No era la primera vez que el Espíritu formulaba esta observación; en 1844, en el pueblo de Concord, otro de sus amanuenses había anotado: “Diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo; tal unidad central hay en ellos que es innegable que son obra de un solo caballero omnisciente (Emerson, Essays, 2), Veinte años antes, Shelley dictaminó que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir son episodios o fragmentos de un solo poema infinito, erigido por todos los poetas del orbe (A Defense of Poetry, 1821)
 (23).
__________

(21) Otras inquisiciones, 1952, «Del culto de los libros», OC I, 714.
(22) Otras inquisiciones, 1952, «Del culto de los libros», OC I, 716.
(23) Otras inquisiciones, 1952, «La flor de Coleridge», OC I, 639.

Admitir esta noción de marcado sesgo panteísta entender que todos los autores están, sin proponérselo, de acuerdo; que todos, en el fondo, remiten a unas mismas verdades esenciales; que el sello característico, la personalidad de cada autor y lo que lo hace distinto, es poca cosa en comparación con lo que tiene en común con todos los otros. De hecho, se escribe para llegar a otro, el acto de la escritura depende en buena parte en la capacidad de transformarse en otro, ser escritor consiste en saber situarse en el lugar y punto de vista de muchos otros. De este escritor hombre-múltiple no hay mejor paradigma que Shakespeare:
Acosado, dio en imaginar otros héroes y otras fábulas trágicas. Así, mientras el cuerpo cumplía su destino de cuerpo, en lupanares y tabernas de Londres, el alma que lo habitaba era César, que desoye la admonición del augur, y Julieta, que aborrece la alondra, y Macbeth, que conversa en el páramo con las brujas que también son las parcas. Nadie fue tantos hombres como aquel hombre, que a semejanza del egipcio Proteo pudo agotar todas las apariencias del ser. La historia agrega que, antes o después de morir, se supo frente a Dios y le dijo: Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo. La voz de Dios le contestó desde un torbellino: Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estás tú, que como yo eres muchos y nadie 
(24).

Bernard Shaw resume más sintéticamente en una carta la condición del escritor y creador:
Yo comprendo todo y a todos y soy nada y soy nadie
(25).

Sin embargo, como ya se ha dicho, el libro sólo se realiza al ser leído. De hecho, el lector es co-autor del libro, y puede decirse que leer una obra escrita equivale a volver a escribirla de principio a fin. Esta ardua empresa no es tan extraña como se podría inicialmente creer; para mayor claridad de los lectores, Borges inventa en alguno de sus relatos encubiertos un personaje para que acometa esta tarea:
Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós (26).
__________

(24) El hacedor, 1960, «Everything and nothing», OC I, 803-4.
(25) Otras inquisiciones, 1952, «Nota sobre (hacia) Bernard Shaw», OC I, 749.
(26) El jardín de senderos que se bifurcan, 1941, «Pierre Menard, autor del Quijote», OC I, 446.

Se trata de Pierre Menard, un lector del Quijote que, no contento con leer la obra de Cervantes, la reescribe haciéndola contemporánea de su circunstancia como lector.
Ser, de alguna manera, Cervantes, le pareció menos arduo –por consiguiente, menos interesante– que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard 
(27).

En realidad, cualquiera se halla en la obligatoria situación de Pierre Menard; libro y lector no dejan de transformarse recíprocamente, y no sólo Menard reescribe el Quijote, sino cualquiera que en su personal y limitada circunstancia lee la novela de Cervantes, reescribiéndola cuando inevitablemente la confronta con su acervo de vivencias, y es de este modo como el Quijote mismo sigue vivo. Mejor dicho: cualquiera es Pierre Menard. Y cuando hablamos del Quijote nos referimos, por supuesto, a cualquier obra escrita por el espíritu humano:
Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado, la connotación de las palabras es otra. Además, los libros están cargados de pasado. […] Hamlet no es exactamente el Hamlet que Shakespeare concibió a principios del siglo xvii, Hamlet es el Hamlet de Coleridge, de Goethe y de Bradley. Hamlet ha sido renacido. Lo mismo pasa con el Quijote. […] Los lectores han ido enriqueciendo el libro. Si leemos un libro antiguo es como si leyéramos todo el tiempo que ha transcurrido desde el día en que fue escrito y nosotros
(28).

Por eso, cabría equiparar a la idea de un autor arquetípico como Shakespeare, la de un lector arquetípico, y si duda al propio Borges no le faltan méritos para desempeñar este papel. Borges es el perfecto lector, que sabe siempre derivar sus escritos de lecturas precedentes; el autor que se proclama incapaz de palabras y discursos propios y originales, pero que acierta a encontrar sentidos cada vez originales en las lecturas de siempre. Con gran modestia está dispuesto a advertirlo desde el primero de sus libros de relatos:
[Estas páginas] son el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias 
(29).
__________

(27) El jardín de senderos que se bifurcan, 1941, «Pierre Menard, autor del Quijote», OC I, 447.
(28) Borges, oral, 1979, «El libro», OC IV, 171.
(29) Historia universal de lo infamia, 1935, Prólogo a la edición de 1954, OC I, 291.

Y también:
En cuanto a los ejemplos de magia que cierran el volumen, no tengo otro derecho sobre ellos que los de traductor y lector. A veces creo que los buenos lectores son cisnes aun más tenebrosos y singulares que los buenos autores 
(30).

Con lo que da a entender que, por paradójico que parezca, resulta más difícil alcanzar la condición de buen lector que la de buen escritor. No tiene reparo en alardear en unos versos:
Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído 
(31).
__________

(30) Historia universal de lo infamia, 1935, Prólogo a la primera edición, OC I, 289.
(31) Elogio de lo sombra, 1969, «Un lector», OC I, 1016.

Para Borges, en suma, escribir no es más que redactar –como lo dice el epígrafe de su primer libro, Fervor de Buenos Aires, que hemos elegido como epígrafe de este escrito–, y todo texto es sólo un palimpsesto, es decir, sobre- y reescritura. No existen textos originales, sencillamente porque todo texto se escribe enmarcado en un universo preexistente de cosas ya dichas (escritas), que ese texto contesta, repite o varía en mayor o menor grado. Todo texto cita, desarrolla, refuta o parodia otros textos, a los que les sirve de lugar de encuentro y diálogo. Como si esto fuera poco, a los textos complementarios que cada texto trae involucrados, hay que añadir los que el lector pone: el bagaje de lecturas del lector es un filtro catalizador y potenciador de las lecturas subsiguientes.


El mundo como biblioteca

Hasta ahora, nos hemos referido a los precedentes que dan lugar a la idea borgiana del libro como mundo y del mundo como libro. Borges piensa con Leon Bloy que el mundo es un libro del que hacemos parte y cuyo significado acaso nunca habremos de descifrar. Por otro lado, razona que cada libro guarda el significado del mundo (cada libro es una cifra del mundo, o al menos de uno de sus fragmentos; también, que cada libro es como un compendio del mundo que lo origina. El resultado es que, como lo dice Maurice Blanchot, “el mundo y el libro se devuelven eternamente sus imágenes reflejadas”. En esta circunstancia, ya no puede considerarse que el uno sea copia o derivado del otro, porque “allí donde hay un doble perfecto se borra el original e incluso el origen” (32).

El planteamiento de un libro que se hace tan vasto como el mundo, hasta llegar a sustituirlo, aparece desarrollado por extenso en un relato en el que se plantea la creación, desarrollo y ulterior predominio sobre el mundo real, de una enciclopedia que nos enseña otro mundo no menos vasto, llamado Tlön:
A principios del siglo XVII, en una noche de Lucerna o de Londres, empezó la espléndida historia. Una sociedad secreta y benévola (que entre sus afiliados tuvo a Dalgarno y después a George Berkeley) surgió para inventar un país. En el vago programa inicial figuraban los “estudios herméticos”, la filantropía y la cábala. […] Al cabo de unos años de conciliábulos y de síntesis prematuras comprendieron que una generación no bastaba para articular un país. Resolvieron que cada uno de los maestros que la integraban eligiera un discípulo para la continuación de la obra. Esa predisposición hereditaria prevaleció; después de un hiato de dos siglos la perseguida fraternidad resurge en América. Hacia 1824, en Memphis (Tennessee) uno de los afiliados conversa con el ascético millonario Ezra Buckley. […] Buckley sugiere una enciclopedia metódica del planeta ilusorio. Les dejará sus cordilleras auríferas, sus ríos navegables, sus praderas holladas por el toro y por el bisonte, sus negros, sus prostíbulos y sus dólares, bajo una condición: “La obra no pactará con el impostor Jesucristo”. Buckley descree de Dios, pero quiere demostrar al Dios no existente que los hombres mortales son capaces de concebir un mundo. Buckley es envenenado en Baton Rouge en 1828; en 1914 la sociedad remite a sus colaboradores, que son 300, el volumen final de la Primera Enciclopedia de Tlön  
(33).
__________

(32) Maurice Blanchot, El libro que vendrá, 1959; Caracas, Monte Ávila, 1979, p. 111.
(33) El jardín de senderos que se bifurcan, 1941, «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», OC I, 440-1.

La creación de Tlön es, como corresponde no sólo a su magnitud sino también al espíritu del que está imbuida, obra colectiva y anónima. Por otra parte, la mayor contundencia en la formulación de la idea del espíritu como único e impersonal autor la encontramos en el recuento de ciertas doctrinas comunes entre los idealistas pobladores de ese mundo imaginario. Según ellas,
Todos los hombres, en el vertiginoso instante del coito, son el mismo hombre. Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare […]. En los hábitos literarios es también todopoderosa la idea de un sujeto-único. Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto de plagio: se ha establecido que todas las obras son de un solo autor, que es intemporal y es anónimo 
(34).

Tlön no es otra cosa que un desdoblamiento, una imagen especular distorsionada de nuestro mundo, en la que se conservan contornos generales equiparables a los de éste –hay una historia y una geografía, sus habitantes profesan unas creencias, practican una cultura–, pero que en el detalle resulta siendo su simulacro paradójico, su réplica en negativo, un mundo idealista desarrollado como inversión del conocido y construido por el hombre a lo largo de su violenta historia, determinada por el ímpetu de voraces y atávicos apetitos que no domina. Así describe el protagonista su primer encuentro con la enciclopedia de Tlön:
Ahora tenía en las manos un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta desconocido, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica. […] Se conjetura que este brave new world es obra de una sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristas, de moralistas, de pintores, de geómetras… […] Ese plan es tan vasto que la contribución de cada escritor es infinitesimal. Al principio se creyó que Tlön era un mero caos, una irresponsable licencia de la imaginación; ahora se sabe que es un cosmos y leyes íntimas que lo rigen han sido formuladas, siquiera en forma provisional 
(35).

En un tiempo muy inferior al que habría que suponer, dada la magnitud del cambio cualitativo implicado, el mundo sucumbe fascinado por la imagen de Tlön, y se transforma en Tlön.
Manuales, antologías, resúmenes, versiones literales, reimpresiones autorizadas y reimpresiones piráticas de la Obra Mayor de los Hombres abarrotaron y siguen abarrotando la tierra. Casi inmediatamente, la realidad cedió en más de un punto. Lo cierto es que anhelaba ceder. […] ¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? Inútil responder que la realidad también está ordenada, Quizá lo esté, de acuerdo a leyes divinas –traduzco: a leyes inhumanas– que no acabamos nunca de percibir. Tlön será un laberinto; pero un laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres. […] Entonces desaparecerán del planeta el francés y el inglés y el mero español. El mundo será Tlön 
(36).
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(34) Maurice Blanchot, El libro que vendrá, 1959; Caracas, Monte Ávila, 1979, p. 111.
(35) El jardín de senderos que se bifurcan, 1941, «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», OC I, 434-5.
(36) 
El jardín de senderos que se bifurcan, 1941, «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», OC i, 442-3.


La causa para que Tlön predomine sobre el mundo real, y termine superponiéndose a éste, apropiándoselo así, es que Tlön es, aunque vastísimo, un proyecto de dimensiones humanas, al contrario del mundo real en el que nos hallamos inmersos, ignorando enteramente qué profundos designios, indiscernibles para nuestra humana comprensión, vienen a realizarse mediante nuestros destinos.

La alternativa contraria a la del ideal e idealista mundo Tlön, es imaginar una biblioteca infernal compuesta por todos los libros posibles, inclusive –o más bien mayoritariamente– por libros absurdos o carentes de sentido.
Lewis Carroll observa en la segunda parte de la extraordinaria novela Sylvie and Bruno –año de 1893– que siendo limitado el número de palabras que comprende un idioma lo es asimismo el de sus combinaciones posibles, o sea, el de sus libros. […] A fuerza de simplificaciones análogas, llega Kurd Lasswitz a veinticinco símbolos suficientes (veintidós letras, el espacio, el punto, la coma) cuyas variaciones con repetición abarcan todo lo que es dable expresar: en todas las lenguas. El conjunto de tales variaciones integraría una Biblioteca Total, de tamaño astronómico. Lasswitz insta a los hombres a producir mecánicamente esa Biblioteca inhumana, que organizaría el azar y que eliminaría a la inteligencia. […] Todo estará en sus ciegos volúmenes. […] Todo, pero por una línea razonable o una justa noticia habrá millones de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. Todo, pero las generaciones de los hombres pueden pasar sin que los anaqueles vertiginosos –los anaqueles que obliteran el día y en los que habita el caos– les hayan otorgado una página tolerable. Uno de los hábitos de la mente es la invención de imaginaciones horribles. […] Yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira 
(37).

Trasladando la idea de Lasswitz a los linderos de la ficción, Borges elabora su relato «La Biblioteca de Babel», en el que parece compendiar en una sola ficción fantástica distintas ideas asombrosas sobre los libros entresacadas de las que ha conservado la memoria de los hombres, enmarcándolas en un ambiente de pesadilla. Según el relato, una divinidad acaso aficionada a los libros ha creado un mundo consistente en una biblioteca infinita y caótica, poblada por bibliotecarios que la administran sin desentrañar nunca su secreto. Corno en nuestro mundo finalmente inescrutable, en la Biblioteca de Babel abundan las doctrinas que de algún modo pretenden redimir a los hombres del misterio del mundo:
También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En un anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. […] No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre –¡uno solo aunque sea, hace miles de años!– lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique. Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. […] Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana –la única– está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta 
(38).
__________

(37) Emir Rodríguez Monegal, Borges por él mismo, 1980, «La biblioteca total», Caracas, Monte Ávila, 139-40.
(38) El jardín de senderos que se bifurcan, 1941, «La Biblioteca de Babel», OC I, 466-7.

Desde luego, la gran biblioteca que es el universo, y la proteica biblioteca que los hombres incesantemente construyen parecen obedecer a unos propósitos no menos inescrutables que los de la biblioteca de Babel. En la gran biblioteca humana abundan los mensajes copiosos, inútiles y equívocos. Ocultos poderes en pugna conspiran detrás de telones de banalidad, y por momentos parece que el caos gana terreno. No deja de parecer a veces tan vana la empresa humana de imponer un orden, como la de aquella lejana enciclopedia china citada por Borges, que con su candorosa clasificación pretende abolir de un solo golpe el caos:
En sus remotas páginas [las de cierta enciclopedia china] está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (1) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas. El Instituto Bibliográfico de Bruselas también ejerce el caos; ha parcelado el universo en 1.000 subdivisiones, de las cuales la 262 corresponde al Papa; la 282, a la Iglesia Católica Romana; la 263, al Día del Señor; la 268, a las escuelas dominicales; la 298, al mormonismo, y la 294, al brahmanismo, budismo, shintoísmo y taoísmo. No rehúsa las divisiones heterogéneas, verbigracia, la 179: “Crueldad con los animales. Protección de los animales: El duelo y el suicidio desde el punto de vista de la moral. Vicios y defectos varios. Virtudes y cualidades varias”. He registrado las arbitrariedades […] del desconocido (o apócrifo) enciclopedista chino y del Instituto Bibliográfico de Bruselas; notoriamente no hay clasificación del universo que no sea conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo. “El mundo –escribe David Hume– es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios infantil, que lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su construcción deficiente; es obra de un dios subalterno, de quien los dioses superiores se burlan; es la confusa producción de una divinidad decrépita y jubilada, que ya se ha muerto” (Dialogues Concerning Natural Religion, v, 1779). Cabe ir más lejos; cabe sospechar que no hay universo en el sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo hay, falta conjeturar su propósito; falta conjeturar las palabras, las definiciones, las etimologías, las sinonimias, del secreto diccionario de Dios. La imposibilidad de penetrar el esquema divino del universo no puede, sin embargo, disuadirnos de planear esquemas humanos, aunque nos conste que éstos son provisorios
(39).
__________

(39) Otras inquisiciones, 1952, «El idioma analítico de John Wilkins» OC I, 708.

Así, la certeza que prevalece en Borges es la de la irredimible vanidad del conocimiento intelectual, la de la imposibilidad de comprender de alguna forma la significación última del mundo. Como afirma Emir Rodríguez Monegal, tal vez el mundo coherente en el que creemos vivir no es sino el vano fruto del esfuerzo conjunto de todos los hombres, la ilusión sobre la que asentamos nuestras vidas, superponiéndola a la realidad esencialmente caótica y absurda. Una forma de luchar contra el caos es la escritura de ficciones de factura rigurosamente geométrica, delicados artificios verbales a través de los cuales es posible reinventar, al menos provisionalmente, un orden.
Los metafísicos de Tlön no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Saben que un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos. […] [Una de las escuelas filosóficas de Tlön declara que] la historia del universo –y en ella nuestras vidas y el más tenue detalle de nuestras vidas– es la escritura que produce un dios subalterno para entenderse con un demonio
(40).

Acaso la realidad de los hombres no pueda ser más que esa infatigable búsqueda del centro de un laberinto ambivalente que fluctúa entre orden y desorden, placer y dolor, razón y sinrazón.
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(40) El jardín de senderos que se bifurcan, 1941, «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», OC I, 436-7.

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